¿Ya dije que la hemeroteca de La Vanguardia es una mina? Véase un ejemplo: una columna sobre Marte en 1902 (páginas 1 y 2), cuando sólo se podía escudriñar desde el telescopio y había que echarle mucha imaginación, parecida a la de Verne cuando se adentró en la cara oculta de La Luna antes que nadie. De hecho el artículo tiene retazos literarios de fantasía y ciencia ficción:

Wells, en su atrevida y original novela «La guerra de los mundos», ha pintado,con rasgos vigorosos, el habitante del planeta Marte. Nuestro estimado colega M. Imparcial dio a conocer la creación de Wells, y ha hecho al público español tomar conocimiento coa los marcianos.

Prescindiendo de los detalles, la base, hasta ahora, de cuanto se ha escrito sobre Marte está inspirada en este razonamiento:

«Marte es planeta más antiguo que la Tierra; comenzó antes su vida, su evolución; los seres vivos aparecieron, o debieron aparacer, muchos siglos antes que en nuestro planeta, y es lógico que a la fecha hayan llegado a un perfeccionamiento extraordinario sobre nosotros.»

Este razonamiento ha servido a Wells para ofrecernos en «La guerra de los Mundos» unos seres de gran entendimiento, poseedores de aparatos destructores y de recursos científicos sorprendentes y desconocidos para nosotros, aunque un poco atrasados… ¡en microbiología! A decir verdad, estas son las opiniones más admitidas y corrientes.

Mas he aquí que todo ello está a punto de venir a tierra. Ludwig Kann es un astrónomo muy sabio además muy revolucionario; tanto, que pretende transformar la vida en Marte y acabar de una
vez con todos sus habitantes.

¡Adiós, leyenda del poder de los marcianos! ¡Los marcianos no existen!

Ludwíg Eann sostiene que Marte es un planeta que se encuentra actualmente en el periodo de formación de la hulla, como estaba la Tierra hace siglo», muchos siglos, antes de la aparición del hombre.

Las aguas cubren todo el planeta; por encima de ellas hay una atmósfera enrarecida y muy cargada de vapores, y cubriendo los mares existe una capa de algas rojizas, en vigorosa y espléndida vegetación.

Así se explica el color rojizo de la luz de Marte; ese color que le ha valido tantas calumnias, atribuyéndole la causa de muchas guerras y desdichas de la humanidad.

En ciertos lugares, las aguas de Marte, los mares de aquel mundo sumergido, tienen movimientos como los tienen nuestros mares, y de ello dan buena prueba la corriente del golfo, las corrientes ecuatoriales y polares, y otras.

Son corrientes marítimas de gran regularidad, verdaderos ríos dentro del mismo mar. También, según Kann, ocurre cosa parecida en Marte, y esas corrientes poderosas, intensas, persistentes, arrastran las algas que en esos lugares recubren los océanos, y allí las aguas pierden el color rojizo y aparece una larga faja que destaca sobre el resto; esos son los «famosos canales de Marte». Mejor dicho, para Kann no hay tales canales; esos los hemos inventado aquí para explicarnos fenómenos extraños que desconocemos. A veces las aguas, llevadas por una de esas corrientes, forman otra de retroceso, paralela a la primera, y claro está que en sentido contrario. Junto á la faja primera, de superficie marítima desprovista de algas, que forma un canal, aparece otra faja análoga, producida por la segunda corriente,y entonces tenemos dos canales; lo que se llama «geminación de loa canales», uno de los fenómenos más extraños e inexplicables del mundo marciano. Ludwig Kann, como se ve, lo explica con facilidad extraordinaria. No hace mucho, los estudios del Observatorio de Lowell, en América, acusaban la existencia de canales que cruzaban un mar. La cosa es imposible -se dijo- y para explicarlo se añadió: «en Marte no hay mares, todo son corrientes». Ahora viene Kann, y dice: en Marte no hay continentes, todo son mares». Es divina la armonía de los sabios.

Lo que desde aquí nos parecen continentes son grandes extensiones de mar recubierto de algas, en perfecta tranquilidad, sin corrientes que agiten la superficie, sin movimientos que rompan aquel extraño césped rojizo.

Lo que desde aquí reputamos mares son regiones agitadas por las aguas, que arrojan a la superficie las pacíficas algas.

Por efecto de las corrientes quedan en ciertos lugares trozos de mar en calma, disfrazado con las algas que lo recubren, y eso lo hemos bautizado desde aquí con el nombre de «islas».

Resumen: allá no hay continentes, ni tierras, ni islas, ni canales; allá no hay más que algas y aguas tranquilas y en perfecta calma en unas regiones, agitadas y en ondulaciones incesantes en otras, empujadas por corrientes impetuosas en lo que desde aquí llamamos canales, heladas en las regiones polares, como ocurre en nuestro planeta.

Marte está, según esto, en un estado de atraso lamentable; se encuentra ahora en un período oceánico y turboso, en una de las eras geológicas o «martológicas» primitivas, y si existen seres, que sí deben existir, corresponden a las primeras especies, a los que aquí encontramos en períodos geológicos muy antiguos.

Kann lo dice sin vacilar: «Un silencio absoluto reina por todas partes, el hombre no ha aparecido aún; ningún mamífero, ninguna ave existe todavia sobre el planeta Marte». ¡Adiós, leyenda de los marcianos! ¡Adiós, señales que hace poco tiempo nos intrigaron tanto! ¡Adiós, creación de Wells!

¿Es admisible, mejor dicho, será cierta la teoría de Ludwig Kann? ¿Será, por el contrario, verdad lo sospechado y admitido por Wells? Quede el asunto de lleno para los sabios, que ellos hallarán en la hipótesis materua fecunda de discusiones y aún de disputas.

A nosotros nos basta con citar los hechos y dar a elegir al lector entre la leyenda de Wells y la de Kann. ambas son interesantes, ambas poéticas, elija cada uno según sus gustos.

De todos modos, puede que ninguna sea verdad.

Conste, sin embargo, que la última palabra por ahora, es esta: «Marte está deshabitado, al menos, deshabitado de hombres».

F. DE CARVIC.