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angry_old_woman.jpgLo veo cada vez que voy al supermercado, y seguro que quienes lean esto y pasen habitualmente por lugares de esa calaña me dan la razón. Con toda la compra en el carro, la cesta o los brazos, te dispones a pagar (aquel día sólo era el pan). Es por la mañana, con amplia presencia femenina de avanzada edad. A la misma distancia del mostrador pero en el extremo opuesto se encuentra una señora mayor con sus bártulos, que presumiblemente también ha terminado por allí. Se percata de tu presencia, y mirando intermitentemente a la cajera y a ti, ceja en alto, ata cabos. La cola para pagar es larga, y nadie desea pasar allí más tiempo del estrictamente necesario.

Alguna fuerza oculta se apodera de ella y emprende entonces una carrera de fondo visceral, elemental, en plan ella o yo: un puesto más atrás en la cola puede suponer la muerte por inanición (y no es broma, sobre todo porque tienen tres cajas pero sólo suelen dejar a una dependienta). Soy más rápido sin tener que esforzarme, pero la gente se abre más fácilmente a su paso. Sorpresivamente, y ahí me cogió bien, le entra un repentino sobreesfuerzo al transportar su cesto verduril y pide ayuda al tipo del final de la cola, de forma que aunque yo ya iba más cerca, el amigo ya le estaba dejando su cesta justo tras de sí. Osea, sin haber llegado ella ya tenía clavada la bandera. Cuando la superabuela en cuestión llegó, lo hizo entre suspiros parecidos a estertores de muerte, agradeciendo al hombre el haberle llevado la cesta, y echando un vistazo furtivo a mis pies, no fueran a cruzar la imaginaria línea que ya existía entre nosotros.

Pero hete aquí que el hombre también se percató de que mientras ella (y los siguientes) llevaba bulto, yo tan sólo agarraba una bolsita con tres panes. Es de costumbre en el super solidarizarse con quien lleva poca cosa en la cola. Así pues, y dando por sentado que la superabuela estaba deacuerdo, el colega me hace señas para que pase con la bolsa por delante de él. Al darse cuenta, a la entrañable señora se le corta de cuajo el resuello acelerado que llevaba, soltando un “pasa miniño” perfectamente canjeable por un pisotón o una zancadilla. Al volver la mirada cuando salía de allí, la señora fulminaba con los ojos a la que le precedía en la cola, que estaba amenazadoramente colocada en diagonal, casi a su lado.

Moraleja: la vida del jubilado es aburrida, por lo que las emociones fuertes pueden aparecer en cualquier parte. Tú piensas que vas a comprar el pan, pero realmente participas en una batalla campal por tu supervivencia en la que no sabes nada. Aquel día tuve suerte. Nunca te interpongas entre una persona mayor con determinación y su objetivo.