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Elena corría por su vida. Se disponía a reunirse con otros proscritos en el centro de investigación, antes de que lo hiciera la marea de gente que allí se dirigía. No tenía mucho tiempo. Los jirones de nube tenían como epicentro su destino, un toque apocalíptico para un día que no lo necesitaba en absoluto.

El ciclo de la oscuridad es un relato que explora el fin de la ciencia tal y como la conocemos, y cómo hemos llegado a ello.

foto de Ralph Hockens (enlace en la imagen)

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El ciclo de la oscuridad

Elena corría por su vida. Se disponía a reunirse con otros proscritos en el centro de investigación, antes de que lo hiciera la marea de gente que allí se dirigía. No tenía mucho tiempo. Los jirones de nube tenían como epicentro su destino, un toque apocalíptico para un día que no lo necesitaba en absoluto. Llegó exhausta al recinto, y ayudó a sus compañeros a fortificar como podían la fina verja de metal que rodeaba a la edificación de hormigón.

―¿Cómo va la cura? ―dijo casi sin respiración.

Salvo un hombre que negó con la cabeza nadie dio señales de escucharla, así que optó por enterarse de primera mano. Uno de los investigadores estaba sentado en las escaleras de la entrada principal, la mirada perdida en el horizonte y los ojos vidriosos. Estaba… ¡inhalando humo!

―¿Pero qué haces?

―No sé… ―respondió contemplando a quienes trabajaban en la verja― esto de fumar lo hacía mi bisabuelo, lo prohibieron en su época. Ya que vamos a morir, quería saber qué sentía haciéndolo.

―¡Pero vas a confirmar todo lo horrible que se cuenta de nosotros! ¿Qué demonios pasa con la cura?

El hombre devolvió a Elena una mirada perdida tras un telón de humo. Le dejó rumiando sus pesadumbres, mientras su corazón intentaba salirse del pecho. ¡La última noticia que tuvo de la cura era optimista!

Un estruendo detuvo su avance. ¿Disparo? Pero no escuchó gritos de pánico. Entró como si la llevara el viento y vio delante de la mesa de recepción a un investigador en el suelo, sobre un incipiente charco de sangre. El brillo metálico bajo su mano delató el arma. ¿Es que se estaban volviendo todos locos?

Con cuidado de no pisarle, echó a correr hacia la segunda planta, de donde llegaban numerosas maldiciones.

―¿Qué ha pasado? ―exclamó Elena.

―Están todos muertos.

―¿Los ratones?

―Sí.

Siguió un pasillo hasta el laboratorio, donde se encontraba la mayoría. La luz que entraba por la ventana parecía esquivar el neón de la vitrina de los ratones. Efectivamente, estaban muertos.

―¿Pero cómo ha ocurrido?

―Hemos basado todo esto en un falso positivo ―dijo otro de los investigadores, quizá el más viejo de los presentes―. Aquellos ratones estaban recibiendo quimio por otro experimento, y por eso duraron más. Nuestra cura realmente no hizo una mierda. Estos han acabado fiambres como todos los demás. Pero si tuviéramos más tiempo…

―¿Entonces no tenemos nada?

El anciano negó con la cabeza, sus manos en los bolsillos. Alrededor, otras conversaciones extrañamente serenas se mezclaban unas con otras y un investigador orinaba en una esquina como si tal cosa.

―¡Ya vienen! ―gritó un físico llamado Axel mientras se asomaba a la ventana.

Serenidad quebrada.

―¿Qué?

―¡Los veo a lo lejos! ¡Nunca vi tanta gente! Oh… no creo que tengamos más de diez minutos.

―Entonces vámonos… ¿No? ―preguntó Elena.

―¿Sin vehículo? ¿A dónde? ―replicó Axel― Además, nos están rodeando. Estamos bien jodidos. Voy a ver si aquel desgraciado tiene más balas en su pistola, porque no pienso dejar que me cojan y me ejecuten en público como a un vulgar ladrón.

―¡Eh! ¡Escuchad! ¡Aún les está azuzando! ―dijo Yoshio, genetista, proyectando un holograma desde su IA de muñeca.

En la proyección, Hazael Montalvo aún movilizaba a la población para derruir el centro de investigación en el que se encontraban, repitiendo la arenga una y otra vez. Su culto se extendió en apenas quince años por todo el mundo, llegando a opacar a otras religiones mayoritarias y de tradición milenaria. La clave de su éxito radicaba en su alianza con el poder privado cuando otros movimientos aún intentaban introducirse en los cada vez menos importantes estados, en que su moderno mensaje se adaptaba mucho mejor a un mundo que cambiaba muy rápidamente, y  en que se desmarcaba del concepto tradicional de credo religioso.

Sus palabras se traducían en tiempo real para todo el planeta.

Tenemos informaciones de confianza sobre ese lugar. En ese centro se creó la plaga que desde hace unos meses azota a nuestro mundo, y aún siguen buscando remedios con los que doblegar la humanidad. Ese minoritario “Club de la ciencia”, ese despreciable grupo de individuos que se resiste a abrazar la energía universal, que afirma defender el progreso pero reniega de la Coalición de Inventores… pretende que sigamos creyendo en la ciencia, ese dogmático reducto intelectual que arruinó el siglo XXI… ¡Pretende que hagamos como si no estuviera detrás de la guerra nuclear entre la India y Pakistán, como si no tuviera que ver con los vertidos tóxicos de Miami, como si no hubiera aumentado la temperatura de nuestro mundo, como si no fuera el origen de los virus de diseño o no provocara la extinción de innumerables especies! Niega una y otra vez los fundamentos de la energía que nos une, yendo contra la certeza de tantos millones de personas…

―¿Y si nos unimos a la Coalición? ―propuso otro.

―Antes muerto que participar en esa pantomima ―sentenció Axel deteniéndose―. La Coalición directamente decide en qué se puede investigar y en qué no, y cómo. Detestan el método. Es tirar la toalla, capitular.

―Joder… ¿Qué creéis que nos van a hacer? ¡Tienen que juzgarnos! ¿Y la policía?

―El juicio va a ser popular, me temo ―dijo Elena―. Pero nos ejecutarían aún formalmente por crímenes contra la humanidad. Ya sabes quién ganó en las últimas elecciones con ayuda de Hazael. En cualquier caso estoy segura de que la policía llegará mucho después que la turba.

―¿Pero por qué? Realmente, de verdad… ¿Por qué?

Gritos y tambores llegaban desde la lejanía.

―Nos culpan de todo lo que ha dicho Hazael. La cura de esta maldita enfermedad es lo único que les hubiera hecho cambiar de idea… pero me temo que van a seguir pensando que nosotros creamos la epidemia. Todo el que no reniegue de su condición de científico para entrar en la Coalición está en el punto de mira, como si es paleontólogo.

―Ese cabrón de Hazael ―dijo Axel―, empezó vendiendo autoayuda y ahora va de mesías. ¿Coalición de Inventores? ¡Qué gilipollez! ¡Si hubo científicos detrás de las desgracias que predican, que vayan a por ellos! ¡No a por todos los científicos! ¡No a por la ciencia!

―También tenemos culpa, Axel.

―Y una mierda ―respondió mirando por la ventana. Ya estaban a media distancia―, nosotros no tenemos ninguna responsabilidad en esto. Yo me encargo de lo que me encargo. No me vengas con obligaciones morales, hazme el favor.

―Pero la tenemos, Axel ―dijo Elena―. Vale, no lo empezamos, pero tampoco intentamos detenerlo.  Sólo había que divulgar.

―Venga ya… ―dijo Yoshio― Axel tiene razón, bastante tenemos ya. Que enseñen los profesores.

―¡Tuvimos que encargarnos nosotros! ―exclamó Elena airada―. La crisis y la miseria ha obligado a una población semi-analfabeta a buscar refugio en la superstición. ¿Y qué les ofrece la ciencia? Echar por tierra sus consuelos y darles un villano a quien señalar por sus desgracias. La ciencia ha avanzado tanto que no deja sitio ni a la New Age. Y la prensa y la ficción rematan nuestra imagen de demonios. Todos nos señalaron desde el miedo a lo desconocido, y nosotros nos limitamos a quejarnos de décadas de sistemas educativos defectuosos… ¿Para qué? Al final nadie sabía lo que hacíamos. Hemos dejado que pasara.

―¡Pero si hasta la mercadotecnia de ese chalado necesita de la ciencia!

―Por eso el culto de Hazael fundó esa “Coalición de Inventores”, para desmarcarse de la mala fama de la ciencia y los científicos, es mucho más fácil de controlar y tiene apoyo mucho más allá del sector conservador. Prácticamente limitan la ciencia a la tecnología y difuminan el método científico hasta quitarle cualquier carga de pensamiento crítico. Así, los que verdaderamente han hecho todo de lo que nos acusan, los que han lanzado a esa gente contra nosotros, podrán continuar medrando sin empeorar su imagen en esa coalición. Pervirtiendo la ciencia para sus intereses, con otro nombre.

―¿De quiénes hablas?

En el piso de abajo escucharon dos disparos que les sobresaltaron. Elena respiró hondo antes de responder.

―Gobiernos, bancos, corporaciones, grupos terroristas… y seguirán haciendo lo mismo tras esa Coalición de Inventores. Pero explícaselo a esa gente de ahí fuera… ¡Maldita sea! ―gritó dándole una patada a la pared en un repentino ataque de frustración.

Ruidos metálicos. La muchedumbre embestía furiosa y echaba por tierra la verja como si fuera de papel. Los gritos no dejaron esperanza a nadie.

¡Cientifismo! ¡Asesino! ¡Cientifismo! ¡Asesino!

Elena conocía aquella soflama, la extendió el propio Hazael en varias manifestaciones. Era como si estuviera en sus cabezas.

Una investigadora subió corriendo con el rostro colorado y bañado en sudor.

―¡Alguien ha traído una camioneta! ¡Alguien ha traído una camioneta!

Antes de la segunda repetición ya estaban bajando en tropel a la primera planta para salir de allí tan rápido como pudieran.

―¡Por la puerta de atrás! ―gritó Axel al ver a la muchedumbre aporrear la puerta de la entrada desde su pequeña ventana superior. Quienes quedaron en la planta baja la habían bloqueado con mesas y archivadores.

La camioneta les esperaba afuera. El investigador que la trajo amenazaba con una pistola a los pocos exaltados que habían llegado a la parte trasera del recinto. Afortunadamente, la mayoría se centraba en intentar derribar la puerta principal.

―¡Vamos! ¡Vamos!

Elena se subió en la parte trasera, y cerró las puertas con tanta fuerza que temió romper el cierre.

―¿Tenéis los datos de la investigación? ―dijo el conductor pisando el acelerador con torpeza. El piloto automático les estaba vetado, pues delataría su posición.

Yoshio levantó la mano, mostrando su IA de muñeca en un ademán afirmativo, aunque con rostro sombrío.

―He oído que Márquez tiene un laboratorio clandestino aún operativo en el sur ―dijo el conductor, satisfecho―. Voy a intentar llegar hasta allí, quizá podamos continuar buscando la cura por nuestra cuenta. Siempre que no nos descubran.

―Temo que la Coalición se nos adelante y se apunten el tanto. Son ellos quienes disponen ahora de los mejores laboratorios ―lamentó Yoshio.

―Tal vez ―dijo Elena mirando por la ventanilla―. Pero ellos ofrecerán un tratamiento y nosotros, si nos dejan, una cura. Tal vez tengamos suerte y evitemos un nuevo ciclo de oscuridad.

Los demás la miraron con extrañeza por aquella última frase, pero Elena no quitaba ojo del centro de investigación, cada vez más pequeño desde la ventanilla. Algo se removía en su interior y mantenía la hipnosis; el recuerdo histórico e impersonal de las innumerables ocasiones en que el ser humano se traicionó tras intentar superar a su propia naturaleza. ¿Seguirá levantándose para volver a intentarlo?