Todo esto de la nube se ha visto siem­pre como algo lejano, pero cada vez lo es menos. Empezó con pro­gra­mas en línea para ges­tio­nar el correo elec­tró­nico, pero ahora hay sui­tes de ofi­cina, edi­to­res de vídeo, ima­gen y sonido, ges­to­res de fotos, pro­gra­mas para escu­char música, video­jue­gos… e incluso sis­te­mas ope­ra­ti­vos. Cuando hasta Micro­soft da pasos para tras­la­dar su pro­ducto más exi­toso, Micro­soft Office, a la web, está claro que es algo serio, y que ter­mi­nará siendo nues­tra forma de rela­cio­nar­nos con la computación.

Por tanto, que alma­ce­ne­mos nues­tros tra­ba­jos en la nube quiere decir real­mente que esta­rán en un orde­na­dor (o red de orde­na­do­res) en alguna parte, pro­ba­ble­mente otro país, de la com­pa­ñía en cuestión.

Para el escri­tor esto aca­rreará tener cada vez menos opcio­nes de alma­ce­nar su tra­bajo sin cone­xión, de hecho es posi­ble que de cinco a diez años lo más offline a lo que pueda lle­gar es sen­ci­lla­mente sin­cro­ni­zar sus datos para que estén en su orde­na­dor (o ter­mi­nal) ade­más de en la nube. No voy a entrar en la cues­tión de la pri­va­ci­dad, que ya se comenta bas­tante y que es mucho más amplio que el borra­dor de una novela, por ejem­plo, sino en los aspec­tos intrín­se­cos a la creación.

¿Qué tan leja­nos son estos escenarios?

  • Un escri­tor ha deci­dido ele­gir los ser­vi­cios de nube de una com­pa­ñía de su pro­pio país por una cues­tión de con­fianza. Resulta que ese país, tipo Ita­lia o tipo el país en el que se está con­vir­tiendo España, tiene acceso a deter­mi­na­dos datos ciu­da­da­nos sin reque­ri­miento judi­cial a tra­vés de la excusa más pere­grina. Diga­mos que esta per­sona tiene cierta visi­bi­li­dad y está escri­biendo algo con­tra el gobierno, por ejem­plo. El gobierno de turno puede leer su novela en pro­greso y tomar accio­nes. Depen­diendo del gobierno puede ser desde lo más terri­ble que se pueda ima­gi­nar hasta sim­ple­mente negarle pre­mios ofi­cia­les, dejarlo fuera de la maqui­na­ria mediá­tica afín etcétera.
  • Un escri­tor ha deci­dido ele­gir los ser­vi­cios de una com­pa­ñía extran­jera. Resulta que en ese país se toman muy en serio su “indus­tria cul­tu­ral”, y pese a que la pres­ta­dora del ser­vi­cio ofrece todas las garan­tías, no puede evi­tar (o sí) que el gobierno de turno acceda al borra­dor de su novela y lo deje caer entre sus auto­res de más éxito para que la fusi­len. Una suerte de espio­naje indus­trial en el que la esen­cia de una his­to­ria de poten­cial éxito cae en manos del best-seller de turno que la publi­cará antes y mejor.
  • Podría darse cual­quiera de los dos casos de arriba sin inter­ven­ción guber­na­men­tal, sim­ple­mente con ata­ques infor­má­ti­cos de ori­gen pri­vado. Según la pres­ta­dora del ser­vi­cio puede ser más fácil o más difí­cil, pero siem­pre es posible.

Una posi­ble solu­ción es el aba­ra­ta­miento de los ser­vi­do­res pri­va­dos para no tener que acu­dir a nin­guna com­pa­ñía externa, aun­que el pro­blema de ori­gen es que este siem­pre tenga que estar conec­tado a la red, por­que acce­der a los datos desde cual­quier parte se va a con­ver­tir en una exten­sión de nues­tros sen­ti­dos en no mucho tiempo, lo que hace a estos datos vulnerables.

Por supuesto el alma­ce­na­miento per­so­nal tam­bién ha dado pro­ble­mas siem­pre. Los dis­cos duros se estro­pean, el pen­drive puede aca­bar en la lava­dora o en otras manos, y tal vez alguien entre desde Inter­net en nues­tro pro­pio orde­na­dor. Muchos ven en la nube una espe­cie de sal­va­guarda de su infor­ma­ción, pues está por dupli­cado en muchos sis­te­mas y con el soporte de alguna com­pa­ñía que se dedica a ello.

¿Vale la pena el riesgo o está jus­ti­fi­cada la des­con­fianza? ¿Es peor que dejar nues­tro dinero en un banco?

Por otro lado, ¿qué expe­rien­cias tenéis de pér­dida de datos de vues­tros tex­tos? ¿Ya hacéis copias de segu­ri­dad online, tal vez en vues­tro e-mail o usando pro­ce­sa­do­res de texto tipo Goo­gle Docs?

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