(uno de esos correos…)

 

El pro­fe­sor dijo: Hoy vamos a expe­ri­men­tar con una nueva forma lla­mada “his­to­ria en tándem”.

El pro­ceso es sim­ple. Cada per­sona se empa­re­jará con la per­sona que se sienta a su lado. Uno de ellos escri­birá enton­ces el pri­mer párrafo de una his­to­ria corta. Su com­pa­ñero leerá ese pri­mer párrafo y aña­dirá un segundo párrafo a la his­to­ria. Des­pués, la pri­mera per­sona aña­dirá el ter­cer párrafo y así suce­si­va­mente. Recor­dad releer lo que se ha escrito cada vez para man­te­ner la cohe­ren­cia de la his­to­ria. Está abso­lu­ta­mente prohi­bido hablar; la única comu­ni­ca­ción entre ambos miem­bros de la pareja la cons­ti­tuye lo que hay escrito en el papel. La his­to­ria ter­mina cuando ambos estén de acuerdo en que lo ha hecho.”

Esto que sigue lo pre­sen­ta­ron dos de mis alum­nos de len­gua: Rebecca y Gary (no voy a poner sus apellidos).


HIS­TO­RIA:

(pri­mer párrafo, por Rebecca)

Al prin­ci­pio, Lau­rie no podía deci­dir qué tipo de té que­ría. La camo­mila, que solía ser su favo­rita para las pere­zo­sas tar­des en casa, ahora le recor­daba dema­siado a Carl, quien una vez, en tiem­pos mejo­res, dijo que le gus­taba la camo­mila. Pero nece­si­taba man­te­ner a Carl fuera de su mente a toda costa. Su pose­si­vi­dad era sofo­cante y, si pen­saba dema­siado en él, vol­vía a tener ata­ques de asma. Así que la camo­mila que­daba descartada.

(segundo párrafo, por Gary)

Mien­tras tanto, el sar­gento Carl Harris, jefe del escua­drón de ata­que en órbita sobre Sky­lon 4, tenía cosas más impor­tan­tes en que pen­sar que las neu­ras de una cabeza hueca asmá­tica con la que había pasado una sudo­rosa noche hacía más de un año. “Sar­gento Harris a Geo­es­ta­ción 17″, dijo en su comu­ni­ca­dor trans­ga­lác­tico. “Órbita polar esta­ble­cida. Por el momento, sin sig­nos de resis­ten­cia…” Pero antes de que pudiera cor­tar, un rayo de par­tí­cu­las azu­lado sur­gió de la nada, haciendo un agu­jero en la bodega de su nave. La sacu­dida cau­sada por el impacto le pro­yectó a tra­vés de la cabina.

(Rebecca)

Se gol­peó en la cabeza y murió casi ins­tan­tá­nea­mente, no sin antes sen­tir un último remor­di­miento por haber tra­tado tan mal a la única mujer que había sen­tido algo por él. Poco más tarde, la Tie­rra cesó sus futi­les hos­ti­li­da­des con­tra los pací­fi­cos gran­je­ros de Sky­lon 4. “El Con­greso ha apro­bado una ley para abo­lir per­ma­nen­te­mente la gue­rra y los via­jes espa­cia­les”, leyó Lau­rie una mañana en el perió­dico. La noti­cia la esti­muló y abu­rrió a un tiempo. Miró por la ven­tana, soñando con su juven­tud, cuando los días pasa­ban len­tos y des­preo­cu­pa­dos, sin perió­di­cos que leer, ni tele­vi­sión que la dis­tra­jera de esa sen­sa­ción de asom­bro inocente ante todas las mara­vi­llas que des­cu­bría a su alre­de­dor. “¿Por qué hemos de per­der nues­tra inocen­cia para con­ver­tir­nos en muje­res?”, se pre­guntó melancólicamente.

(Gary)

No sos­pe­chaba que le que­da­ban menos de 10 segun­dos de vida. A miles de kiló­me­tros sobre la ciu­dad, la nave nodriza Anu’udriana lanzó el pri­mero de sus misi­les de fusión de litio. Los estú­pi­dos paci­fis­tas que hicie­ron que el Con­greso apro­bara el Tra­tado Uni­la­te­ral de Desarme Aero­es­pa­cial habían con­ver­tido la Tie­rra en un blanco inde­fenso para los impe­rios hos­ti­les alie­ní­ge­nas que habían deter­mi­nado des­truir la raza humana. Dos horas des­pués de la apro­ba­ción del tra­tado, las naves Anu’udrianas se diri­gían a la Tie­rra con sufi­ciente arma­mento para pul­ve­ri­zar el pla­neta entero. Sin nadie que les detu­viera, ini­cia­ron de inme­diato su dia­bó­lico plan. El misil de fusión de litio entró en la atmós­fera sin oposición.

El Pre­si­dente, en su cuar­tel gene­ral secreto sub­ma­rino junto a la costa de Guam, sin­tió la tre­menda explo­sión que desin­te­gró a la pobre tonta de Lau­rie, junto con otros 85 millo­nes de ame­ri­ca­nos. El Pre­si­dente dio un puñe­tazo en la mesa de con­fe­ren­cias. “¡No pode­mos con­sen­tir esto! ¡Voy a vetar el tra­tado! ¡Vamos a borrar­los de nues­tro cielo!”

(Rebecca)

Esto es absurdo. Me niego a con­ti­nuar este simu­la­cro de lite­ra­tura. Mi com­pa­ñero de escri­tura es un ado­les­cente semi-analfabeto, vio­lento y chauvinista.

(Gary)

¿Ah, sí? Pues tú eres una neu­ró­tica abu­rrida y egó­la­tra, cuyos inten­tos de escri­tura son el equi­va­lente lite­ra­rio del Valium. “¡Oh! ¿Me tomaré un té de camo­mila? ¿O debe­ría tomarme algún otro PUTO ? Oh, no, sólo soy una des­ce­re­brada que ha leído dema­sia­das nove­las de Danie­lle Steele.”

(Rebecca)

Gilipollas.

(Gary)

Zorra.

(Rebecca)

¡CABRÓN!

(Gary)

Guarra.

(Rebecca)

¡QUE TE DEN POR EL CULO, NEANDERTHAL!

(Gary)

Anda y tómate un té, puta.

(Pro­fe­sor)

Diez. Me ha encantado.

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