Armando Gutiérrez suspiraba, viejo y cansado, en su lecho de muerte; pero no se dejó invadir por la preocupación, pues la propia muerte era su más excitante proyecto en vida.
—¿Estás seguro, papá? —dijo María, su hija. Nunca se cansaría de preguntárselo.
—Podremos discutirlo luego, cuando esté ahí dentro —replicó señalando a la caja. Era la máquina en la que, si todo salía bien, acabaría su consciencia, la cual flotaría libre en mareas bits como en las viejas historias de ciencia ficción.
—No tiene gracia, papá.
—Hija… no aguanto más este viejo cascarón, sólo me da problemas. ¡Terminará matándome! —concluyó en una carcajada— Y resulta que yo quiero vivir un poco más, o mucho, si es posible.
María negó con la cabeza, pues su padre no tenía remedio. Armando era un neurólogo jubilado, rico y caprichoso, siempre arrogantemente lúcido respecto a cómo iba a morir… o seguir viviendo.
Volvió la cabeza con un ademán de asentimiento a Marcelo, el técnico y fiel discípulo del anciano quien, serio el rostro, activó el mecanismo de transferencia. Tan sólo el leve zumbido de los ventiladores de la maquinaria delató su funcionamiento.
—No durará mucho, descuida —dijo el técnico intentando tranquilizar a María.
Ella se llevó la mano a la boca alternando la mirada entre el cuerpo de su padre y la caja. Debido a la anestesia general los ojos de Armando ya se encontraban cerrados. Tuviera éxito o no, estaba previsto que el cerebro fuera dañado debido al proceso de transferencia, con resultado de muerte. Para su padre se trataba de un mero trámite; para ella, que aquellos viejos y arrugados ojos nunca más volverían a abrirse.
—¡Detenedle!
El eco del grito recorrió toda la sala. Se trataba del sacerdote Romeo, popular en los medios de comunicación por oponerse abiertamente al intento de transferencia mental. El viejo Armando nunca escondió sus intenciones, y no le importaba que su hazaña se hiciera pública. Era de esperar, por tanto, que miles de personas se manifestaran alrededor del edificio a favor y en contra, o simplemente expectantes por lo que pudiera ocurrir. Los debates en los medios de comunicación no tenían fin: vida, muerte, bioinformática… ¿Inmortalidad?
—¿Cómo ha conseguido entrar? —dijo María a Marcelo, señalando al sacerdote.
—Demasiado tarde —anunció el técnico volviéndose a Romeo— la transferencia está en marcha y es irreversible.
Una sombra cruzó el rostro de Romeo.
—Dios mío… ¡Este hombre va a perder su alma! ¿No lo entienden?
Uno de los miembros de la seguridad privada de Armando entró a paso ligero con el rostro bañado de sudor.
—No hemos podido detenerle, señora —dijo a María — , parte de la muchedumbre amenazó con romper la barrera si no dejábamos entrar al sacerdote. Allí abajo hay una batalla campal entre las distintas facciones.
Mirando a su padre, María se encogió de hombros; podía jurar que sencillamente dormía.
—Ya no importa —dijo al de seguridad con un ademán de retirada.
—Dios nos hizo así, y nos regaló un alma que pudiera pasar a la otra vida. ¡Esta máquina no puede imitar a Dios! ¡Su alma se perderá por el camino! Sólo llegará a ese artefacto el débil eco de lo que fue su padre, señora Gutiérrez.
—Romeo —dijo María crispada de los nervios — , ya te he escuchado todo eso en la tele. Si vas a quedarte aquí, haz el favor de callarte hasta que termine el proceso. No durará mucho.
—¡Oh no, ya lo estáis haciendo! —gritó otra persona entrando.
—¿Pero esto que es? —exclamó Marcelo escandalizado — . ¿Lo próximo será la prensa de sucesos?
—Los de seguridad me han dejado pasar —se excusó Evelina contemplando el cuerpo de Armando — . Viejo insensato… se lo dije mil veces, y él siempre hablando de esto como si fuera una estúpida apuesta.
Evelina, también neuróloga, fue la principal opositora de la transferencia mental en la comunidad científica desde sus inicios, y considerada por los medios como la archienemiga de las tesis de Armando. Según ella, la máquina sólo transferiría información corrupta y sin sentido, a costa de la muerte del anciano.
—A la cola —dijo la hija de Armando señalando a Romeo.
—¿Qué hace usted aquí? —inquirió Evelina, sorprendida de ver allí al sacerdote.
—Velar por el alma del señor Gutiérrez, como siempre dije que haría.
—¿Velar es como llama al deseo de que este hombre muera para poder volver con la cantinela de jugar a ser Dios ante sus fieles?
—Esa acusación es injusta, señora, sobre todo considerando que es usted quien ha animado al señor Armando a matarse con esta máquina para demostrar la teoría de cada cual.
—¡Basta! —gritó María— ¿Es que mi padre no puede descansar de vosotros ni en estos momentos?
Aquello impresionó lo suficiente a los recién llegados como para que permanecieran en silencio, aunque con mala cara. Marcelo, sin embargo, no les prestaba atención; el técnico seguía las constantes de Armando con el ceño fruncido dado que permanecía estable en un estado comatoso cuando se suponía que la transferencia acabaría con su vida.
Armando seguía vivo, o al menos su cuerpo.
Al pitido que confirmó el final de la transferencia siguió un silencioso cruce de miradas. Respiraciones contenidas, puños apretados, mentes en blanco.
—Primero abriremos la interfaz de texto, y si todo va bien encenderé el sintetizador de voz, ¿de acuerdo? —dijo Marcelo activando la consola.
María asintió resistiendo el impulso de morderse las uñas.
—Bien. Primero le vamos a preguntar… cómo… se… llama —continuó tecleando en la consola letra por letra, con mucha prudencia. Todos los ojos estaban puestos en la pantalla.
La respuesta llegó tan pronto pulsó intro.
Armando Gutiérrez Menéndez.
María sintió un alivio que apenas podía contener un segundo más, y aunque Marcelo sonreía, Evelina mostró sorpresa sin dejar de mantener una suspicaz ceja alzada. Romeo, por su parte, negaba con desaprobación.
—¿Cómo… se… encuentra? —tecleó Marcelo.
Quiero salir. No me siento. Quiero salir. No entiendo.
Todos los rostros se acercaron a la pantalla, sin que la agitada respiración del técnico pasara desapercibida.
—¿Qué… va… mal?
Nada. Estoy bien. Estoy. Mal. Salir. Bien. Estoy. ¿Qué hora es?
—Puedes… consultar… la… de… la… máquina… Armando.
—Quince cero tres. ¿Qué hora es? Quince cero tres. No sé qué hora es.
—¿Qué le ocurre? —preguntó María.
—Puede consultar el software de la hora, leerla por así decirlo, pero no logra identificarla —replicó Marcelo, su rostro brillante y preocupado.
—Pero es él, ¿verdad? —preguntó la hija de Armando mientras la pantalla seguía mostrando textos incomprensibles y del todo ajenos a la personalidad de su padre.
La elocuente mirada de Marcelo no pasó desapercibida para el sacerdote, hasta ese momento expectante.
—¡Lo dije! —exclamó alzando una mano— Lamento su pérdida, señora Gutiérrez…
—¡Cállate —gritó María a Romeo, intentando comprender lo que ocurría. Se dirigió a Evelina, interrogante —¿Tú sabes lo que ocurre?
—Básicamente le falta su cuerpo —replicó al cabo de unos instantes la neuróloga con ademán pensativo, mientras negaba con la cabeza.
—No me digas —bufó Maria pensando que Evelina se reía de su incertidumbre.
—En serio —insistió la neuróloga volviendo a la realidad — . Solemos pensar que nuestra mente es algo abstracto, pero lo cierto es que se trata de una creación de nuestro cerebro, que no es sino otra parte del cuerpo tangible. En el caso de Armando, su viejo cuerpo ha sido parte y compañero de viaje de todas sus vivencias. Su azúcar habla de sus cambios de humor, su baja tensión de su serenidad, su serotonina de su vitalidad, su migraña y dolores de espalda de su irritabilidad, no hablemos ya de herencia genética y demás.
—¿Qué quieres decir con eso? —insistió María.
—Que eliminando al cuerpo de la ecuación habéis decidido caprichosamente lo que forma parte de la esencia de la persona, ajenos a como realmente somos. Lo que ha llegado a esa máquina es una fracción de Armando, y eso es lo mismo que decir que no es él.
—Pe… pero su cuerpo también le daba muchos disgustos, ya le oísteis, para mí es una mejora —propuso Marcelo.
—¡Un fantasma es lo que es, y encaja con lo que dijimos! —cotraatacó el sacerdote— Ahí lo tienen, la mente de Armando no es nada sin su cuerpo.
—Tampoco el alma sin su portador, entonces —intervino Evelina, ofendida.
—Podemos emular los estímulos que le faltan, sí, un cuerpo virtual para una mente virtual… la copia está a salvo, es factible —murmuró Marcelo con el rostro repentinamente brillante.
—Teóricamente, pero tampoco sabemos cuánto de su mente se ha transferido con éxito… —añadió la neuróloga al ver a Marcelo tan lanzado.
—Él lo habría querido —sentenció el técnico, rechazando las consideraciones de Evelina.
—Señora Gutiérrez, usted y nadie más tiene la última palabra. Si quería a su padre deje que todo acabe aquí —concluyó el sacerdote.
Tras seguir la discusión como un mareante partido de tenis, María se concentró en su padre. A la izquierda un cuerpo vivo pero vegetal, a la derecha una colección de datos con el nombre de su padre que parecía expresarse por sí misma. Sentía las tres miradas atravesándola. Una de decisión, otra de duda y una tercera de desaprobación. En la entrada se escuchaba el forcejeo de los guardas con los periodistas que intentaban acceder, y de la ventana aún llegaban los innumerables y confiados gritos de alegría y envidia, de claras y oscuras esperanzas.
¿Por qué no podía tenerlo todo tan claro como los demás?





