En un futuro cercano

Cuando el ascen­sor se detuvo repen­ti­na­mente, sus dos ocu­pan­tes sus­pi­ra­ron, incó­mo­dos. Ambos, varo­nes de mediana edad, ves­tían impe­ca­ble­mente igual, ape­nas dife­ren­cián­dose por lo que por­ta­ban, con­cre­ta­mente un male­tín y una carpeta.

—Vaya, hom­bre —dijo el del male­tín pul­sando rabio­sa­mente en el panel — . Con la prisa que tenía y ahora hay que espe­rar al ser­vi­cio técnico.

—Ya le digo —replicó el de la car­peta — , a mí me espe­ran en una reunión. Y encima soy claustrofóbico.

—¿Se encuen­tra usted bien?

—Tengo un dolor cró­nico en la pierna —dijo cam­bián­dose de brazo la car­peta — , y se ampli­fica cuando me pongo ner­vioso. Oh, Arnau —aña­dió ofre­cién­dole la mano al hom­bre del maletín.

—Sanz —dijo igual­mente su com­pa­ñero estre­chán­do­sela — . ¿Y dice que le duele la pierna?

—Horro­res.

—A mí me pasó algo pare­cido —comentó dejando el male­tín en el suelo.

—¿Ah sí? —replicó Arnau fle­xio­nando la pierna.

—En el brazo, hace años. Pero ya no me duele.

—¿Es que le curaron?

—No sé si debe­ría hablar de ello —replicó Sanz evi­tando su mirada.

—No se preo­cupe, sé que el dolor cró­nico es una carga pesada.

—Yo… —titu­beó Sanz— uso inhi­bi­do­res de dolor.

—Tran­quilo, queda entre noso­tros. Pero yo de usted me lo pen­saba, la gente que se hace adicta a esa por­que­ría acaba muerta cre­yén­dose Super­man.

—Habla­du­rías —dijo Sanz negando con la mano — , siem­pre hacen lo posi­ble para que no sea­mos feli­ces. ¿Sabe que el ejér­cito aplica inhi­bi­do­res a sus soldados?

—Eso he oído —se limitó a decir Arnau, aflo­ján­dose la corbata.

—¿Los ha pro­bado usted?

—¿Qué? ¿Los inhi­bi­do­res? —dijo escandalizado.

—Lo digo por su pierna…

—No soy maso­quista, tomo calmantes.

—Pues no parece que le fun­cio­nen —apuntó Sanz echando un desin­te­re­sado vis­tazo a su reloj.

—Lo sufi­ciente para lle­var una vida nor­mal —replicó Arnau a la defensiva.

Dando un largo sus­piro, su com­pa­ñero asin­tió con la cabeza.

—Sí, claro… una vida nor­mal. Eso creía tener yo cuando lo del brazo. Pero los cal­man­tes no evi­ta­ron que apre­tara las man­dí­bu­las de dolor cuando levan­taba a mi hijo o abra­zaba a mi mujer. Seguro que sabe de lo que le hablo —aña­dió mirán­dole con com­pa­sión — . Incluso el mero pla­cer de nadar se con­vir­tió en un molesto ejer­ci­cio de rehabilitación.

—No le diré que no —con­ce­dió Arnau sin poder evi­tar algo de com­pli­ci­dad — . Pero este dolor es parte de mí, señor Sanz. Me recuerda que estoy vivo. Y créame, no soy un igno­rante en lo que a inhi­bi­do­res se refiere. Esta misma mañana he visto en la web de Dia­rio Dos imá­ge­nes mos­trando la dis­tri­bu­ción indis­cri­mi­nada de inhi­bi­do­res en zonas de gue­rra, ani­mando a los civi­les a unirse a la mili­cia. Nadie se privó, ni siquiera los niños o ancia­nos por­que, claro, sin dolor no hay miedo. Y sin miedo…

—Eso es muy lamen­ta­ble —replicó Sanz — . Hay mucho tra­fi­cante sin escrúpulos.

Arnau extrajo un pañuelo del bol­si­llo de su camisa para lim­piarse el sudor del ros­tro, al tiempo que daba leves pun­ta­piés al aire como si qui­siera que algo se le cayera de la pierna.

—¿De ver­dad se encuen­tra usted bien? —se interesó Sanz.

—Voy a peor. ¿Es que no nos van a sacar de aquí?

—Pro­cure res­pi­rar profundamente…

—Ya lo sé —cortó de mala gana — , pero cal­marme cuando me pal­pita el muslo de dolor no es tan sencillo.

Con cara de cir­cuns­tan­cia su com­pa­ñero asin­tió, la mirada al frente con una mano en otra y balan­ceán­dose leve­mente sobre la punta de los pies.

—Dis­culpe —dijo Sanz al fin sin poder con­te­nerse — , pero no puedo seguir vién­dole así. En el male­tín tengo varias dosis para uso per­so­nal y…

—¡Dia­blos! ¿Es que es usted tra­fi­cante? ¡Ya le he dicho que no me gusta esa mierda! —exclamó Arnau enva­rado, des­abo­to­nán­dose la cha­queta y aga­rrán­dose la pierna.

Tras asen­tir en silen­cio, Sanz retomó su acti­tud de espera.

—Tras mi pri­mer inhi­bi­dor —reme­moró al cabo de unos minu­tos — , volví a nacer en cierto modo…

—Oh, por Dios —reso­pló Arnau poniendo los ojos en blanco.

—En serio —con­ti­nuó — , movía los bra­zos con nor­ma­li­dad, de hecho me animó a hacer ejer­ci­cio. Aprendí que acep­tar el dolor no es más que un sín­toma de vejez. No es que siem­pre tome inhi­bi­do­res, el dolor es un ter­mó­me­tro de la salud y toda esa para­fer­na­lia, pero no con­vivo con él, es sólo un vecino que me visita. Des­cu­brí más apli­ca­cio­nes a los inhi­bi­do­res, como que ayuda a las jaque­cas, o al dolor emo­cio­nal. ¡Y el sexo! Per­done la indis­cre­ción, pero uno no ha des­cu­bierto la ple­ni­tud del sexo sin inyec­tarse un inhi­bi­dor. Es algo… —aña­dió mor­dién­dose el labio inferior.

—¡Está bien! —gritó Arnau con la cara empa­pada de sudor y qui­tán­dose la cha­queta— Pón­game uno de esos chis­mes, pero ni una pala­bra a nadie ¿Eh?

—Claro, usted tam­bién conoce mi secreto —dijo Sanz, bus­cando complicidad.

Abrió su male­tín rápi­da­mente, extra­yendo una pequeña inyec­ción de pistola.

—Verá que no duele, déjeme ver su muñeca —aña­dió colo­cando un fras­quito marrón en la recámara.

Con su res­pi­ra­ción ace­le­rán­dose, Arnau mos­tró su muñeca des­nuda a Sanz.

—Míreme a los ojos —dijo este sos­te­nién­dole la mirada unos ins­tan­tes. La boca de la pis­tola estaba apre­tada con­tra la piel — . ¡Ya está! ¿A que no se ha enterado?

Arnau ape­nas se lo podía creer, pues no que­daba ni la marca.

—Caramba —dijo asom­brado — , como las hipoa­gu­jas de los quirófanos.

—Es que son hipoa­gu­jas, señor Arnau. ¿Qué tal va su pierna?

La sen­sa­ción fue tan pro­gre­si­va­mente pla­cen­tera, que Arnau tardó en res­pon­der. Su pierna pasó a tener la misma ausen­cia de dolor que la otra, y remi­tie­ron dolo­res que ni siquiera sabía que tenía, como una leve moles­tia en la sien o una ape­nas per­cep­ti­ble con­trac­tura en la espalda. Ins­tan­tá­nea­mente relajó sus múscu­los y ami­noró su res­pi­ra­ción. Era algo maravilloso.

—El efecto es increí­ble, pero esto no me hará papi­lla a largo plazo… ¿Verdad?

Con visi­ble indig­nado, Sanz se señaló el rostro.

—¿Acaso me ve cara de yonqui?

—No, dis­culpe, es que esto es dema­siado bueno para estar prohibido.

—Ya le digo que no interesa que sea­mos feli­ces. Con­su­mir y todo eso, ya sabe —replicó Sanz mos­trán­dose satis­fe­cho ante su reacción.

—Claro… ¿Y cuánto me va a durar?

—Doce horas. Espero que para enton­ces haya­mos salido de aquí… —replicó aumen­tando leve­mente el tono de voz.

—Sí, empieza a hacer calor.

El eco de un grito llegó desde el techo. Se tra­taba del téc­nico, quien les indicó que en pocos minu­tos podrían salir.

—Oiga… —mur­muró Arnau bus­cando las palabras.

—Oh, vamos, esto ha sido un favor, no pienso cobrarle —dijo Sanz negando con la cabeza.

—Ya, pero es que doce horas…

—Ah, no, no puedo ir ofre­ciendo inhi­bi­do­res de dolor a todo el mundo, señor Arnau. Y me cuesta mi dinero.

—Pero si yo se lo pagara…

Sanz ter­minó asin­tiendo con un ade­mán de resignación.

—Está bien, yo tra­taré por usted. Tenga mi número. Pero no soy tra­fi­cante, no quiero que vaya usted haciendo publi­ci­dad de esto por ahí ¿De acuerdo?

—Soy una tumba.

Final­mente la puerta del ascen­sor se abrió a mitad de nivel, y tuvie­ron que ayu­dar­les a salir. Tras un dis­creto apre­tón de manos, Sanz pudo ale­jarse por los pasi­llos, notando el agra­da­ble fres­cor del aire acon­di­cio­nado del edi­fi­cio. A paso ligero, salió por el ves­tí­bulo prin­ci­pal hacia la plaza en la que en breve ten­dría una cita de nego­cios. Al menos él. Lamen­ta­ble­mente la otra per­sona aún no había lle­gado, y ahora estaba al sol, así que le tocaba sufrir nue­va­mente algo de calor.

Deci­dió sen­tarse en un banco cerca de la fuente, su male­tín entre los pies, aguar­dando con pro­fe­sio­nal pacien­cia. Pocos minu­tos pasa­ron hasta que una mujer de buen ves­tir, sos­te­niendo un por­tá­til ple­gado, cruzó la plaza en su direc­ción. Sabía quién era, claro, una empre­sa­ria de cre­ciente éxito, una nueva rica. Y él estaba en su banco pre­fe­rido. El ros­tro de su nueva com­pa­ñera se con­trajo de dolor al sen­tarse al lado de Sanz, pero sus­piró con ali­vio cuando al fin pudo apo­yar la espalda en el banco, pro­ce­diendo a abrir el ordenador.

—Dis­culpe —dijo Sanz incli­nán­dose hacia ella con el ceño frun­cido de preo­cu­pa­ción — . ¿Se encuen­tra usted bien?

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